miércoles, 9 de diciembre de 2015

Isla Nación.

Somos gente de isla. Es una de esas verdades que todavía compartimos en comunidad. Tropicales, esa también es irrebatible. Y caribeños, ahijados de un mar que arrulla con su intempestiva presencia. Nuestro concepto del tiempo siempre tiene esa flexibilidad de las olas, del calor extenuante y la inevitabilidad del confinamiento terrestre.

Ser isleños también implica ser participes eternos de la división de un entorno terrestre, el cual si bien es generoso, también nos condena a dimensiones diminutivas y distantes de aquellas continentales que a menudo miramos con admiración y sentido de calco. Así nos dirigimos, planificamos y buscamos crecer, olvidando el océano que nos rodea.

Ese calorcito tropical y las pasarelas de turistas bronceados nos hacen perder de perspectiva que poco a poco, casi imperceptiblemente, el planeta se nos calienta. Todo mientras escogemos con necesidad imperiosa pasearnos en automóvil a todas partes y laureamos como símbolo del desarrollo cada tonelada de asfalto que se comprime en los caminos hacia nuestros destinos.

El cambio climático es una realidad global. Es por esto que toma importancia resaltar los acontecimientos de la más reciente Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático en el Siglo 21, llevada a cabo en París, Francia. Según Shyla Raghav directora de Política Pública sobre Cambio Climático de la organización Conservation International, las conversaciones en Paris han girado en torno al tema de las Islas Nación. Raghav describe como el cambio climático tiene el potencial de afectar a las poblaciones costeras a nivel global y hasta desaparecer islas del mapa terrestre actual.

Entonces, en nuestras islas se habla sobre elecciones, concursos televisados y otros temas variados. Nos perdemos de perspectiva en el mundo. Olvidamos que somos isla y que también somos nación.  

sábado, 30 de noviembre de 2013

Estampas de Acción de Gracias

miércoles de Acción de Gracias

Al bolitero de Magnolia Gardens le apodaban 'el pequeño gigante'. Era cojo, llevaba una vicera estilo taxista y no emitía sonido al visitar. Pasaba por todas las marquesinas de aquel suburbio ajado por el espíritu del retiro. Cada cual tenía su fórmula, la de abuelo era jugar los últimos tres dígitos en la tablilla de su taxi. Bayamón era tranquilo así, especialmente en las tardes de víspera de Acción de Gracias.

jueves de Acción de Gracias

La calle Pascua sostiene una extraña sensación de calma en medio de la vorágine suburbana bayamonesa. Me encantaba ese nombre, porque era festivo, al igual que mis recuerdos de ella. Abuela Yeya, siempre se despertaba temprano a orar el matutino y se escuchaba suspirando palabras a lo lejos, mientras colaba café. Aquel era un lugar de tradiciones y rituales. Todas las mañanas de Acción de Gracias, después de visitar la iglesia y escuchar a todos dar gracias por las novedades, los nacimientos y en especial por las pérdidas (dar gracias hacía llorar a todos, siempre me extrañó), papi le llevaba un pastel de calabaza a Yeya. Ella nunca lo comentaba, pero sé que lo agradecía en silencio. Nunca la vi comerlo, pero lo esperaba. Siempre había arroz con dulce listo para que lleváramos, era un bonito intercambio.

viernes de Acción de Gracias

Los viernes después de Acción de Gracias, abuela Mary acostumbraba emplearnos para completar tareas domésticas. No recuerdo recibir dinero de su parte si no era en intercambio por alguna tarea. Era su manera de inculcar el valor del trabajo. Lo hacía sin pretensión.

El revendón de vegetales que pasaba por Magnolia Gardens era un señor javao, pecoso, de pelo grifo cobrizo. Su guagua mantenía un olor particular, entre la fetidez de los vegetales avejentados y la frescura de los frutos más frescos. Abuela negociaba con él y le compraba verduras frescas para servirlas en la mesa. Que yo recuerde, nunca usó sal ni azúcar en sus preparaciones -su secreto en la cocina-, respondía a su férrea disciplina diabética e hipertensa. Y aunque nos imponía su estrategia culinaria libre de sodio y azúcar, siempre nos compraba helados del país como premio por ayudar en las tareas. Después del día de trabajo, sólo esperábamos por el silbido de abuelo y el sonido del taxi al llegar. Ese recuerdo de niño, nunca me abandonará.