miércoles de Acción de Gracias
Al
bolitero de Magnolia Gardens le apodaban 'el pequeño gigante'. Era cojo,
llevaba una vicera estilo taxista y no emitía sonido al visitar. Pasaba
por todas las marquesinas de aquel suburbio ajado por el espíritu del
retiro. Cada cual tenía su fórmula, la de abuelo era jugar los últimos
tres dígitos en la tablilla de su taxi. Bayamón era tranquilo así,
especialmente en las tardes de víspera de Acción de Gracias.
jueves de Acción de Gracias
La
calle Pascua sostiene una extraña sensación de calma en medio de la
vorágine suburbana bayamonesa. Me encantaba ese nombre, porque era
festivo, al igual que mis recuerdos de ella. Abuela Yeya, siempre se
despertaba temprano a orar el matutino y se escuchaba suspirando
palabras a lo lejos, mientras colaba café. Aquel era un lugar de
tradiciones y rituales. Todas las mañanas de Acción de Gracias,
después de visitar la iglesia y escuchar a todos dar gracias por las
novedades, los nacimientos y en especial por las pérdidas (dar gracias
hacía llorar a todos, siempre me extrañó), papi le llevaba un pastel de
calabaza a Yeya. Ella nunca lo comentaba, pero sé que lo agradecía en
silencio. Nunca la vi comerlo, pero lo esperaba. Siempre había arroz con
dulce listo para que lleváramos, era un bonito intercambio.
viernes de Acción de Gracias
Los
viernes después de Acción de Gracias, abuela Mary acostumbraba
emplearnos para completar tareas domésticas. No recuerdo recibir dinero
de su parte si no era en intercambio por alguna tarea. Era su manera de
inculcar el valor del trabajo. Lo hacía sin pretensión.
El
revendón de vegetales que pasaba por Magnolia Gardens era un señor
javao, pecoso, de pelo grifo cobrizo. Su guagua mantenía un olor
particular, entre la fetidez de los vegetales avejentados y la frescura
de los frutos más frescos. Abuela negociaba con él y le compraba
verduras frescas para servirlas en la mesa. Que yo recuerde, nunca usó
sal ni azúcar en sus preparaciones -su secreto en la cocina-, respondía a
su férrea disciplina diabética e hipertensa. Y aunque nos imponía su
estrategia culinaria libre de sodio y azúcar, siempre nos compraba
helados del país como premio por ayudar en las tareas. Después del día
de trabajo, sólo esperábamos por el silbido de abuelo y el sonido del
taxi al llegar. Ese recuerdo de niño, nunca me abandonará.