sábado, 30 de noviembre de 2013

Estampas de Acción de Gracias

miércoles de Acción de Gracias

Al bolitero de Magnolia Gardens le apodaban 'el pequeño gigante'. Era cojo, llevaba una vicera estilo taxista y no emitía sonido al visitar. Pasaba por todas las marquesinas de aquel suburbio ajado por el espíritu del retiro. Cada cual tenía su fórmula, la de abuelo era jugar los últimos tres dígitos en la tablilla de su taxi. Bayamón era tranquilo así, especialmente en las tardes de víspera de Acción de Gracias.

jueves de Acción de Gracias

La calle Pascua sostiene una extraña sensación de calma en medio de la vorágine suburbana bayamonesa. Me encantaba ese nombre, porque era festivo, al igual que mis recuerdos de ella. Abuela Yeya, siempre se despertaba temprano a orar el matutino y se escuchaba suspirando palabras a lo lejos, mientras colaba café. Aquel era un lugar de tradiciones y rituales. Todas las mañanas de Acción de Gracias, después de visitar la iglesia y escuchar a todos dar gracias por las novedades, los nacimientos y en especial por las pérdidas (dar gracias hacía llorar a todos, siempre me extrañó), papi le llevaba un pastel de calabaza a Yeya. Ella nunca lo comentaba, pero sé que lo agradecía en silencio. Nunca la vi comerlo, pero lo esperaba. Siempre había arroz con dulce listo para que lleváramos, era un bonito intercambio.

viernes de Acción de Gracias

Los viernes después de Acción de Gracias, abuela Mary acostumbraba emplearnos para completar tareas domésticas. No recuerdo recibir dinero de su parte si no era en intercambio por alguna tarea. Era su manera de inculcar el valor del trabajo. Lo hacía sin pretensión.

El revendón de vegetales que pasaba por Magnolia Gardens era un señor javao, pecoso, de pelo grifo cobrizo. Su guagua mantenía un olor particular, entre la fetidez de los vegetales avejentados y la frescura de los frutos más frescos. Abuela negociaba con él y le compraba verduras frescas para servirlas en la mesa. Que yo recuerde, nunca usó sal ni azúcar en sus preparaciones -su secreto en la cocina-, respondía a su férrea disciplina diabética e hipertensa. Y aunque nos imponía su estrategia culinaria libre de sodio y azúcar, siempre nos compraba helados del país como premio por ayudar en las tareas. Después del día de trabajo, sólo esperábamos por el silbido de abuelo y el sonido del taxi al llegar. Ese recuerdo de niño, nunca me abandonará.